"ALGO MÁS APREMIANTE", POR RUTH VILAR

SOBRE LOS NIÑOS TONTOS DE ANA MARÍA MATUTE
MONOGRÁFICO: HUELLAS DE GUERRA


I
Los niños tontos es un conjunto de relatos poéticos breves de Ana María Matute y narra historias infinitamente tristes, amargas, desoladas sobre las infancias resquebrajadas de la posguerra. Las esboza en pocas pinceladas de gran exactitud. La prosa de la autora aparece aquí contenida y la prodigiosa expresividad de cada texto emerge a partir de la precisión minuciosa de cuanto se dice y de la cruda evidencia de cuanto se calla.
Los niños tontos constituye una sucesión de tragedias en el sentido más estricto de la acepción: sus protagonistas, seres moralmente superiores al lector, intentan mejorar con todas sus fuerzas y sin conseguirlo una situación desagradable que enfrenta sus intereses personales con intereses colectivos –de acuerdo con la definición de “Tragedia” que da Jaume Melendres en La direcció dels actors [Institut del Teatre, 2000]–. ¿En qué sentido son moralmente superiores a nosotros la niña fea, el niño que era amigo del demonio, la niña de la carbonería…? Aquello que intentan preservar a toda costa no es sino su infancia, su naturaleza misma en cuanto que niños, su única existencia posible, y para hacerlo sólo disponen de una cortísima experiencia de la vida, de las gentes y del mundo, y de una insondable inocencia. La batalla se les presenta desigual y, a pesar de carecer de armas suficientes, ellos plantan cara, resisten, no cejan en su revuelta: eso los convierte en héroes trágicos. Su destino fatal es el río negro y subterráneo que corre a través de estos relatos.
Mas, aunque la guerra esté perdida de antemano y su infancia esté condenada a extinguirse demasiado temprano, aunque estén abocados estos niños tontos a transformarse abruptamente en hombres pequeños y en chicos viejos, mientras aún pelean cuentan con un bastión mágicamente inexpugnable, el juego, y con poderosos aliados, los animales y las plantas.

II
La primera lectura de Los niños tontos de Ana María Matute cae en el alma como un vaso de aguardiente. A quien lo apura de un trago, le corta el aliento. A quien lo sorbe parsimonioso, le pone áspera la lengua y le enciende los ojos. Contemplados al trasluz, libro y vaso presentan la transparencia de un orujo desnudo. Al paladar, en cambio, se vuelven densos, con esa sequedad de alcohol absoluto. Un licor de receta ancestral. Ana María Matute recoge fresca la materia prima del sufrimiento y el desamparo de la infancia. Materia prima que todavía abunda en nuestros días. Después, la macera ciñéndose a la pauta maravillosa del cuento tradicional.
En un bosque antiguo como aquellos por donde van y vienen Pulgarcito, Hansel y Gretel, Caperucita o Blancanieves, encuentran su perdición irreversible los niños tontos. Se extravían en rincones sombríos. No lo hacen siguiendo a ningún malévolo extranjero, ni sucumbiendo a amenazas sobrenaturales, sino inmersos en su cotidianidad pedregosa y de esparto, faltos de una mano más grande que la suya que los sostenga. Por eso, aunque Los niños tontos sea un conjunto de narraciones sobre niños, no están escritas para el lector infantil. Estos cuentos trágicos emborrachan, desvelan y dejan la piel en carne viva.
Ana María Matute pinta esa realidad intensa envolviéndola en una neblina poética que, lejos de difuminarlos, aviva sus colores. Nos la relata disfrazándose de narradora omnisciente, ajena a cuanto sucede, cuando en verdad ella es una niña tonta que conoce bien el dolor que martiriza y el peligro que acecha a quienes carecen de cosas tan básicas como afecto, atención o esperanza. No nos habla en calidad de testigo distante, aunque mantenga callada su implicación y se cuide de no ensuciar con reivindicaciones ni proclamas su poderoso testimonio literario.

III
Niños en el campo mísero de un país asolado por una guerra todavía reciente. Niños sitiados por circunstancias penosas. Niños invisibles para los adultos que –pese a compartir con ellos el espacio físico de la casa, la calle, la escuela– sólo tienen ojos y oídos y brazos y aliento para deslomarse tratando de cubrir las necesidades más urgentes. Niños a quienes la felicidad instintiva de la infancia se les atraganta, envenenada por un aire corrompido –de violencia, de dureza, de carencias hondas– que todo lo invade. Niños desgraciados en una tierra en la que crece, firmemente enraizada, la certeza de que los listos viven bien y de que quien siembra astucia recoge abundancia. Pero estos inocentes niños abandonados sucumben sin remedio bajo la losa de la realidad –demasiado pesada para sus cortas fuerzas–, así que deben de ser tontos. Tontos de remate. ¡Si hasta se mueren de puro tontos, los pobres!
Los niños tontos de Ana María Matute representan la misma infancia acosada –tierna y espinosa, frágil y valiente– que el Mochuelo, el Moñigo y el Tiñoso de El camino de Miguel Delibes. Sus protagonistas encarnan a buena parte de los niños de entonces, los mismos niños tontos que hoy cuentan alrededor de ochenta años, que conservan vívido el recuerdo de lo poco que tuvieron y de lo mucho que les faltó, y que en la última década han salido con pancartas a las plazas porque no están dispuestos a aceptar dócilmente que sus nietos pasen por lo que ellos pasaron.

IV
La compañía Cos de Lletra emprendió en 2011 la adaptación y la puesta en escena de Los niños tontos de Ana María Matute. Lo hicimos con hambre de poeticidad y belleza extremas. También con la convicción de que aquellas palabras hablaban tanto del pasado como del estricto presente. Corría el 15M y hervían en las calles multitudinarias y contundentes protestas contra la desigualdad y contra los desmanes políticos y financieros que no hacían más que acrecentarla. Donde hay injusticia social hay sufrimiento infantil. Cuanto mayor la una, peor el otro. Los niños viven en nuestro mismo mundo y no en vitrinas. El desmesurado alcance de la pobreza en los estados del bienestar, que las reivindicaciones ponían en evidencia y que desde entonces se ha consolidado en vez de remediarse, significaba una sola cosa: que los niños contemporáneos volvían a ser tontos, expuestos a peligros parejos e igual de desarmados.
Para la dramaturgia, optamos por introducir esas historias de criaturas rurales y asilvestradas contextualizándolas con otro relato de la autora, "Los disfraces" (El río, 1963); por aliviarle al espectador el peso plomizo de la pena que va calando con una irrupción sorprendente, la de los cómicos, "Siempre los cómicos" (A la mitad del camino, 1961); por acabar sembrando una semilla de esperanza con “El niño dormido” (El río, 1963), ese chaval que consigue salvarse, contra pronóstico y sin saberlo siquiera, gracias a la inesperada compasión de otros niños.
Para la puesta en escena, imaginamos Mansilla de la Sierra, el viejo pueblecito riojano donde Ana María Matute presenció las infancias más tontas y que desde 1959 duerme sumergido en un embalse. Habitarían nuestra aldea dos niños de infancia lejana que remontarían ágiles los caminos empinados, los senderos que serpentean hasta desaparecer bajo el follaje. Estos dos niños jugarían a contarse invenciones que desembocarían en tragedia. Lo harían en la arboleda de Mansilla, en los cerros que la flanquean, en el río que la acaricia, en la geografía de ese paraje hecho de letras que condensa fantasía y memoria.
Desde que en 2012 estrenamos el montaje, nuestros dos niños tontos juegan y juegan a correr, a meterse miedo, a pelear, a esconderse, a fanfarronear y a ser crédulos. Intercambian historias que mezclan la mentira y la verdad de un modo inextricable y así se van atando el uno al otro con el hilo del relato, que teje lazos y nudos de complicidad, de conocimiento mutuo, de experiencia en común, hasta confeccionar una red de recuerdos compartidos y maravillosos que los rescata de su realidad sombría.
En esa conversación generosa y valiente, en ese ir y venir de carreras y normas y trampas y risas, se dan el uno al otro. Y, acostumbrados como están a perder de contino en la casa –pues también pierde quien nunca recibe nada, aunque nada ostensible le estén arrebatando–, mientras dura el juego se obra el prodigio: ganan siempre. Ganan la confianza que los hace libres, la sabiduría y la intuición que los vuelve invulnerables, el cobijo de saberse queridos, aceptados, respetados, tratados de igual a igual. Ganan fuerzas. Cuando regresan al pueblo, con la anochecida, caminan exhaustos; vuelven de ganar, también, lo más básico: el sustento del alma.

Salva Artesero y Ruth Vilar en el espectáculo Los niños tontos de Ana María Matute, de la compañía Cos de Lletra (2019).

Fotografía de Dolors Garcia.

V
No se sale indemne de Los niños tontos. Sacude los adentros como se sacudían antes los colchones, dejándolos magullados pero limpios. Tras la función, un espectador septuagenario proclama: "¡Yo era un niño tonto!". Y otro, emocionado y tajante, asevera: "Esto que contáis no son historias: esto es la verdad".
En sus tiempos, se enseñaba a las criaturas a observar estricto silencio, respetuoso o atemorizado, en presencia de los adultos; a no hablar si no eran preguntados; a obedecer sin chistar. Luego, acogiéndose a aquello de que quien calla otorga, se confundía su forzosa mudez infantil con la ausencia de ideas, de conclusiones o de voluntad propias. Pero esos niños, aun callados, pensaban. Sin embargo, su lógica silvestre los llevaba por derroteros imprevisibles, y su imaginación desbocada se les presentaba a menudo como algo más real que esa realidad circundante sobre la que no se les consentía decir ni mu. Los niños condenados al silencio corrían peligro, porque de muy poco les valía que los despiojasen o que les embutiesen un plato de garbanzos, si nadie se ocupaba de enseñarles a arrancar del pensamiento y del corazón el temor oscuro, el rencor amordazado y la desesperación secreta que iban enraizando. Muchos de esos niños con la boca cerrada a cal y canto echaban por el atajo: recurrían, en su ignorancia ignorada por todos, a remedios que acababan siendo peores que el dolor que los aquejaba. Pasaban desapercibidos entre las sombras de los adultos hasta que su final trágico los convertía en el centro de mil atenciones póstumas e inútiles.
También otros espectadores, mucho más jóvenes que aquellos –rondarán los diecisiete años–, comprenden de qué hablan esas palabras. Porque no se extinguieron los niños tontos con el fin de la posguerra. Lo que pasa es que en nuestro siglo, tecnológico y democrático, se ahorcan con el cable de la consola. Lo hacen en silencio, sin un gemido, para no estorbar a los padres que lloran a escondidas el miedo –al despido o al paro, el desahucio y la exclusión social–. Y que, mientras entierran su frustración y su vergüenza por los rincones, no reparan en que algo más apremiante les reclama.

Cos de Lletra estrenó en 2012 el espectáculo Los niños tontos de Ana María Matute, con dirección y dramaturgia de Ruth Vilar, interpretación de Salva Artesero y Neus Umbert, y música original de Manuel Sánchez Riera. En 2019, la compañía ha reestrenado este montaje, con interpretación de Salva Artesero y Ruth Vilar.