MATEMÁTICAS APLICADAS

Pieza breve de Ruth Vilar


El PROFESOR dicta. Los alumnos copian frenética y angustiosamente. El PROFESOR se complace en provocarles esa agitación.

PROFESOR: Un tren de cuatro vagones debe transportar una carga de cuarenta toneladas más doscientos pasajeros –con un peso medio de setenta y cinco kilogramos–. Distribuya bultos y personas de forma que: a) ningún vagón cargue más de diecisiete toneladas; b) el mayor peso quede situado en el vagón más próximo a la locomotora, y el menor a la cola del tren; c) cada vagón pese dos o más toneladas menos que el anterior; y d) que todos los pasajeros viajen juntos. ¡Tiempo!

El PROFESOR se concentra en su reloj y marca con el pie, marcial, el ritmo del segundero. Un ALUMNO no ha anotado nada. Se ha limitado a escuchar y ahora cierra los ojos.

PROFESOR: Cuatro, tres, dos, uno, ¡tiempo! Como verán, el problema que les he planteado era sencillísimo. Su respuesta, espero que correcta, la limpieza de sus cálculos y la claridad de la expresión gráfica de su razonamiento, me servirán para valorar su nivel de conocimiento y de capacidad deductiva.

El PROFESOR recoge los folios mesa por mesa. Les echa un vistazo, sacude la cabeza, hace chasquear la lengua, etcétera. Su amplio catálogo de ruiditos y gestos despectivos expresa qué opina de esos ejercicios. Cuando llega a la mesa del ALUMNO le sorprende no encontrar ningún folio. Lo mira fijamente y el ALUMNO le sostiene la mirada.

PROFESOR: ¿Y bien?

ALUMNO: No necesito papel para resolver un enunciado así.

PROFESOR: ¿Demasiado fácil?

ALUMNO: Esquemático y pueril.

PROFESOR: Explíquese.

ALUMNO: Un enunciado que nos sirve para valorar su nivel de conocimiento y de capacidad deductiva.

PROFESOR: ¿Está insultándome?

ALUMNO: Sólo citándole. ¿Nos insultaba usted?

PROFESOR: Salga a la pizarra y muéstrenos la solución.

El ALUMNO obedece.

ALUMNO: (Esboza con tiza el perfil del tren.) Locomotora. Primer vagón: diecisiete toneladas. Segundo vagón: quince, esto es, los pasajeros. Tercer vagón: trece. Cuarto y final: diez.

PROFESOR: Puede sentarse.

ALUMNO: No he acabado.

PROFESOR: ¿No? (El ALUMNO niega.) Pues acabe.

ALUMNO: Ésta era la respuesta que el profesor esperaba de vosotros. Mi enhorabuena a los que os conformáis con hacer que cuadren los números. Pero ésta no es mi respuesta.

PROFESOR: Ya veo. Siéntese.

ALUMNO: Mi respuesta es una lista de preguntas que al profesor no le interesa que formule, porque entorpecen el curso de nuestro adiestramiento y torpedean su exhibición de fuerza. Preguntas que, sin embargo, deberían constituir el centro de nuestro aprendizaje y condicionar nuestra respuesta. ¿Qué carga es esa que debemos distribuir? ¿Cuarenta mil kilos de qué? ¿De comida o de armas? ¿Quién ha dado la orden de que los transportemos? ¿Adónde hay que llevarlos? ¿Con qué fines? Y esos pasajeros ¿viajan libremente? Entonces ¿por qué importa tanto que no ocupen más de un vagón, pero da igual cuál sea? ¿Por qué hay que embutir a doscientas personas en un vagón sin bancos ni ventanas? ¿Qué clase de problema es éste, profesor, que nos invita a tomar por mercancías a hombres y mujeres? ¿Por qué quiere volvernos carne de jerarquía, ignorantes e indolentes burócratas a quienes satisfaga cumplir órdenes, sean ambiguas o injustas? Aquí tiene su tren: cincuenta y cinco toneladas de indiferencia moral. Cuando abra las puertas en la última estación, el segundo vagón vomitará sus doscientos cadáveres.

Los alumnos se han ido amontonando unos sobre los otros como cuerpos muertos. El PROFESOR, atónito y desencajado, los llora.