"Grandes paradojas del teatro actual" de Alfonso Sastre

Un artículo de Ruth Vilar

 


Hiru. Hondarribia, 2007. 128 páginas.
 
 
 1.

Condensa Alfonso Sastre en este volumen breve –de poco más de un centenar de páginas– un conjunto de reflexiones complejas en torno a la naturaleza paradójica del drama y a la aún más paradójica situación que éste atraviesa en la actualidad.

Con la perspectiva de quien no sólo conoce bien la historia del teatro, sino que ha tomado parte activa en ella –a través de la escritura dramática y de la formulación teórica– y permanece atento a su curso reciente, presente y –¿por qué no?– futuro, y con un rigor no exento de ironía ni de beligerante determinación, el autor analiza el estado de cosas y el grado de participación y responsabilidad de cada uno de los agentes implicados en el hecho teatral.

En una sucesión de capítulos, Alfonso Sastre va desgranando el papel que el público, los críticos, los actores, los directores, los programadores y los autores están jugando –o negligiendo– en el teatro actual y el modo en que su actuación influye en la historia del teatro contemporáneo, la que se escribe precisamente ahora.

El escritor nos ofrece conclusiones rotundas, que él mismo es capaz de cuestionar a renglón seguido y, por categóricas que parezcan algunas de sus afirmaciones, jamás son dogmáticas. En este ámbito de la escena, que tan falto anda de examen objetivo y de pensamiento filosófico –pues aquí cada uno habla de la feria según le va en ella–, este volumen constituye una estimulante herramienta de reflexión; no se trata tanto de asentir o de discrepar, sino de sentarse a pensar y descubrir conscientemente el terreno teatral en que solemos movernos por intuición o –peor aún– por imitación. Grandes paradojas del teatro actual es un mapa dramático de inquietante concreción que nos insta a advertir dónde estamos y a decidir a dónde queremos ir.

¿Ha muerto el público?, ¿está enferma la crítica?, ¿saben leer y escribir los actores?, ¿trabajan contra la cultura los directores de escena?, ¿están hundiendo el drama los programadores?, ¿son los escritores dramáticos una especie en extinción?: éstas son algunas de las provocativas preguntas a partir de las que Alfonso Sastre elabora tesis serias, inteligibles y convincentes. Medita, teoriza y propone líneas de acción que esconden, bajo su apariencia revolucionaria, puro sentido común.




2.

La aspereza de sus juicios no enturbia el amor por el teatro que se desprende de cada página.

Al público presuntamente muerto, lo espolea: “¡[…] venid al teatro y pensad con nosotros y/o contra nosotros, y protestad, y huid de los teatros erráticos y ajenos a las grandes cuestiones de nuestra vida! ¡Oh espectadores! ¡Si es que estáis muertos, resucitad; y, si dormidos, despertad!”. 

A la crítica, que considera endeble –en su fondo y en su forma–, la aguijonea para que se sacuda la tendencia a la simpatía o al lucimiento personal, para que se forme y sustente su juicio en el conocimiento, y para que se cobre vigor. 

A los actores tan “poco pertrechados intelectualmente” que se deslizan hacia la obediencia ciega al director, él contrapone esos otros actores “excepcionales” que “se presentan ante el teatro con ideas propias y rebeldes ante los dictados de los amos de los espectáculos y de las programaciones: no están ahí para hacer cualquier cosa que le parezca estupenda a otro, y en consecuencia han de estar en posesión de un talento multiplicado para ser admitidos en un medio que se caracteriza por reproducir servilmente el sistema en el que vivimos. Tales actores rebeldes viven entre los escenarios (cuando consiguen acceder a ellos) y los libros […]”.

Reclama a los directores, en la medida en que se decantan por sacar adelante uno u otro montaje, que asuman “la responsabilidad no sólo en lo que está ocurriendo sino, sobre todo, en lo que no está ocurriendo y debería ocurrir […] Detrás del teatro que se suele hacer no suele haber nada más que el teatro que se hace, mientras que detrás del gran teatro siempre ha estado la vida humana en sus más abismales profundidades y en sus más utópicos proyectos. […] los directores españoles actuales parecen incapaces, o no les interesa ese asunto, de explorar el tiempo en el que viven y, mediante esa exploración, apostar por algunas líneas de trabajo para el futuro, a efectos de recuperar para el drama su función como una de las columnas sustentadoras de nuestra cultura y de nuestra sociedad”. 

Alfonso Sastre concluye con un llamamiento a vertebrar el teatro, a dotarlo de sentido, de vínculos con la realidad, nuestra sociedad y su tiempo, de grandeza artística –literaria, escénica, interpretativa–: un teatro coherente, como el teatro político de Piscator, el teatro épico de Brecht, el teatro de circunstancias de Max Aub, el teatro del absurdo de Ionesco, el teatro de la muerte de Kantor, el teatro antropológico de Barba, etcétera. “Este drama que yo propugno se yergue sobre su columna vertebral; no es un teatro reptante: es un trabajo que anda, y que intenta ir y llegar a alguna parte. […] cuya marcha explore la realidad, con todos los riesgos que eso comporta […]. Un drama en el que uno se puede extraviar por los vericuetos del laberinto; pero yo digo no a un teatro sonámbulo que se complazca en su sonambulidad y su erratismo”.

El texto de Grandes paradojas del teatro actual continúa en su mayor parte dolorosamente vigente, aunque su escritura data de 2003. Paradójicamente, ese mismo año Alfonso Sastre recibió el premio Max de Honor.